El desprendimiento
jueves, 16 de mayo de 2013
En llamas
Me ha tomado la mañana entera encontrar todos los manuscritos. La torpeza de mis movimientos no me ayuda, mi espalda necesita recargarse sobre la pared para descansar y buscar un lugar seguro para los que nunca fueron ni serán Pedros Páramos o Llanos en llamas: no existe. Las hojas que los forman, regadas entre los libros más discretos de mi biblioteca, en la caja fuerte, el closet, incluso debajo de mi almohada, son vulnerables a ojos distintos a los míos. En medio de la sala formo un pila con las hojas que junté; la flama de un cerillo bastará para volver las historias invisibles. No tengo otra opción. Me doy la vuelta para no ver arder las llamas de esas novelas de Juanes y Marías, que nunca llenaron ni mis propias expectativas.
¡Viva el de hondura inventiva, acierto y novedad expresiva! ¡Viva el poseedor de una alta calidad estética en su narrativa! ¡Viva el pionero del realismo mágico! Yo, el de Sayula... Rulfo.
viernes, 23 de marzo de 2012
Calle
Los rayos del sol chocan contra mis párpados: despierto. El suéter que encontré ayer tirado pasa de almohada a un antifaz fallido. Sacudo los restos del pasto que me sirvió de cama la noche entera y reviso las bolsas agujeradas de mi pantalón. Recojo del suelo un morral roído que contiene mis únicas pertenencias, si es que así se les puede llamar: una botella de agua, un par de tenis de distintos tamaños y uso y la foto partida a la mitad de una mujer de rasgos españoles. Mi estómago exige alimento, no recuerdo siquiera qué fue lo último que mi lengua probó. Saco los tenis del morral y los pongo sobre mis pies, llenos de la dureza que deja el contacto con el polvo, los vidrios y el agua de caño de la ciudad. Empiezo la búsqueda. Camino hacia cualquier lugar donde pueda encontrar comida; a mi lado derecho veo un bote de basura. A esta hora los botes están vacíos, pinches trabajadores. Me asomo y corroboro lo que ya sabía: vacío. Decido sentarme un rato al lado del bote y pedir caridad con el ánimo de un enfermo terminal sin familia, imposibilitado para realizar cualquier actividad remunerable. Mientras tanto, cuento las veces que cambia el color del semáforo de la avenida: verde, naranja, rojo, verde, naranja, rojo. Mis súplicas no encuentran oídos, se pierden entre la sirena de la ambulancia que pasa y el claxon de los automovilistas. Es hora de cambiar de estrategia o de lugar. La Alameda central casi siempre es un mejor sitio, sobre todo afuera del Palacio de Bellas Artes, tan cosmopolita, tan plural. Justo al pasar avenida Juárez un muchacho me intercepta, de la nada me pregunta que si de niño me leían cuentos, como si mi respuesta negativa explicara la manera en la que ahora sobrevivo, que si tengo hijos: mis dos hijas, hermosas y educadas... que hace años que no quieren verme, ¡putas! Me sumo en la disyuntiva de contarle la historia de mi vida al 'reportero', o sacar provecho de las habilidades histriónicas que alguna vez me proporcionaron sustento y tomar el papel de un borracho impertinente para ahuyentarlo. "¿Qué pretende con sus preguntas? A la chingada su entrevista, gente como yo lo que menos quiere es hablar con más gente". Elijo la segunda alternativa, balbuceo al hablar, apenas puedo mantenerme en pie, lo miro como quien está dispuesto a matar, doy golpes al aire: magistral actuación, se cierra el telón, aplausos. Pensándolo detenidamente el entrevistador no parecía malintencionado, era más bien de esos jóvenes que se interesan en mí como objeto de estudio o por mera curiosidad. Tan acostumbrado estoy a la evasión, como aquella mujer exuberante que justo ahora se toma la molestia de cruzar la calle para alejarse del olor que despiden las costras de suciedad que forman una segunda piel sobre mis brazos, mis piernas y mi cara. El olor de mis humores corporales separados del agua tibia y del jabón por meses, el olor de mi pelo de estambre enmarañado, ese mismo olor que ya no percibo en mí. Hace un calor endemoniado y no queda agua en mi botella, pero continúo el camino al crujir de mi panza. Tirado en el suelo recojo un arete de bisutería. Me gusta imaginar historias con los objetos que encuentro en la calle; me gusta pesar que la gente que me encuentra en la calle también imagina historias sobre mí. Por casualidad llego al costado del Teatro Chino donde, muchos como yo, hartos de su mundo y de su gente, si es que aún la tienen, están reunidos. Los ubico de vista, pero jamás les hablo. "Qué oportuno, la hora del baño". Se mojan en plena calle con la ropa puesta, con agua de dudosa procedencia y jabones de motel. Me repugna que hagan eso al lado de lo que fue un verdadero teatro. Soy invitado a la fiesta; me niego luego de dar las gracias. El sol ya no quema pero mi estómago sigue vacío. Encuentro en un bote una botella de refresco caliente a la mitad, lo bebo como si fuera lo último que fuera a tomar en la vida: el hambre no cesa. Por la falta de comida no estoy seguro ni en qué día vivo, quizás sea domingo, como ayer.
martes, 6 de marzo de 2012
Nereidas
Descubro entre la multitud el rojo de la flor que adorna tu cabello recogido. Sólo una mirada y ya no quiero más que contemplarla, como si la flor misma me hubiera hablado y ordenado seguir su olor hasta ti: hipnosis. No es la flor, es la blancura de tu pelo que la enmarca. Tus movimientos te ocultan por instantes entre los sombreros, los bigotes grises, los sacos parchados de los desconocidos y las zapatillas de tacón breve de sus acompañantes. Sigues ahí, basta abrirme paso entre los abanicos que agitan las damas al ritmo de la música de la orquesta. Visto desde arriba, tu baile dibuja un cuadrado perfecto sobre el piso de piedra de la explanada. No soy el único que te mira, otros te contemplan sin atreverse a acortar la distancia y ver de cerca la flor, el blanco, tu piel cortada que en algún tiempo fue de porcelana, el vuelo de tu vestido que ostentas con elegancia y cubre tu figura abultada. Por fin estoy frente a ti, tú tan coqueta. Una tarde de domingo como cualquier otra, lo dudo. Una tarde de domingo como la de aquél octubre de hace más de cuarenta años, cuando por primera vez me deslumbraste y no tuve el valor de darte la mano y pedirte una pieza. “¿Bailamos?”. Te tomo de la cintura y nos perdemos entre las demás parejas.
lunes, 13 de febrero de 2012
Silencio
Tirado en el suelo, con los ojos vendados y las manos fijas detrás de mi espalda me resulta imposible moverme, mucho menos determinar la magnitud del espacio que me envuelve. Imagino que es una habitación estrecha porque percibo mis propios humores. Llevo aquí días. En mi cabeza, dos objetos ocupan mi canal auditivo e impiden que las ondas de sonido, desde el caracol que forma mis orejas, hagan vibrar mis tímpanos y así escuchar siquiera el sonido de mi respiración. Sólo estamos tú y yo.
jueves, 20 de octubre de 2011
Llorar
Fue en la selva, en la amazonia ecuatoriana. Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía.Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:
-¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y contestaron los que lloraban:
-Para que sepa que la queremos mucho.
Eduardo Galeano, de El libro de los abrazos.
-¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y contestaron los que lloraban:
-Para que sepa que la queremos mucho.
Eduardo Galeano, de El libro de los abrazos.
domingo, 2 de octubre de 2011
Postal
Recuerdo incluso la manera en que vestías aquél día. Desayunamos comida regional y una malteada en un localito. Olvidaste en el desayuno la postal que te traje de mi viaje. Fuimos a un pequeño museo donde contemplamos casi silenciosos la exposición fotográfica. Nos mirábamos en los reflejos de los cristales. Sonrisas contenidas. Caminamos por las calles poco transitadas. Tomamos café en un lugar donde parecían esperarnos. Mesa para dos; nadie más. Caminamos y caminamos y al final del día, cuando estaba por irme, rechazaste que te tomara de la mano.
En mi viaje compré unas cajitas decoradas que guardaban minúsculas figuras humanas de hilo. "Saque un muñequito de la cajita, póngalo debajo de su almohada y pida un deseo".
En mi viaje compré unas cajitas decoradas que guardaban minúsculas figuras humanas de hilo. "Saque un muñequito de la cajita, póngalo debajo de su almohada y pida un deseo".
sábado, 18 de junio de 2011
Interpuesta
Búsqueda: 11 de julio de 1991. Dos décadas. Una sombra de 270 kilómetros de diámetro proyectada sobre la esfera. Interpuesta. “Niños: hagan bolitas de papel amarillo y negro. El amarillo es para el sol, el negro...” No ocurrirá sobre el mismo punto en un par de centurias. Afortunado. “Si lo ven directamente se quedan ciegos”. Bolitas negras para la luna, una tras de otra hasta encontrarse. “Se quedan ciegos”. Prohibido mezclar los colores. Prohibido voltear a la cámara. Prohibido recrear un recuerdo distante a partir de la foto sepia que tengo en mis manos.
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