viernes, 23 de marzo de 2012
Calle
Los rayos del sol chocan contra mis párpados: despierto. El suéter que encontré ayer tirado pasa de almohada a un antifaz fallido. Sacudo los restos del pasto que me sirvió de cama la noche entera y reviso las bolsas agujeradas de mi pantalón. Recojo del suelo un morral roído que contiene mis únicas pertenencias, si es que así se les puede llamar: una botella de agua, un par de tenis de distintos tamaños y uso y la foto partida a la mitad de una mujer de rasgos españoles. Mi estómago exige alimento, no recuerdo siquiera qué fue lo último que mi lengua probó. Saco los tenis del morral y los pongo sobre mis pies, llenos de la dureza que deja el contacto con el polvo, los vidrios y el agua de caño de la ciudad. Empiezo la búsqueda. Camino hacia cualquier lugar donde pueda encontrar comida; a mi lado derecho veo un bote de basura. A esta hora los botes están vacíos, pinches trabajadores. Me asomo y corroboro lo que ya sabía: vacío. Decido sentarme un rato al lado del bote y pedir caridad con el ánimo de un enfermo terminal sin familia, imposibilitado para realizar cualquier actividad remunerable. Mientras tanto, cuento las veces que cambia el color del semáforo de la avenida: verde, naranja, rojo, verde, naranja, rojo. Mis súplicas no encuentran oídos, se pierden entre la sirena de la ambulancia que pasa y el claxon de los automovilistas. Es hora de cambiar de estrategia o de lugar. La Alameda central casi siempre es un mejor sitio, sobre todo afuera del Palacio de Bellas Artes, tan cosmopolita, tan plural. Justo al pasar avenida Juárez un muchacho me intercepta, de la nada me pregunta que si de niño me leían cuentos, como si mi respuesta negativa explicara la manera en la que ahora sobrevivo, que si tengo hijos: mis dos hijas, hermosas y educadas... que hace años que no quieren verme, ¡putas! Me sumo en la disyuntiva de contarle la historia de mi vida al 'reportero', o sacar provecho de las habilidades histriónicas que alguna vez me proporcionaron sustento y tomar el papel de un borracho impertinente para ahuyentarlo. "¿Qué pretende con sus preguntas? A la chingada su entrevista, gente como yo lo que menos quiere es hablar con más gente". Elijo la segunda alternativa, balbuceo al hablar, apenas puedo mantenerme en pie, lo miro como quien está dispuesto a matar, doy golpes al aire: magistral actuación, se cierra el telón, aplausos. Pensándolo detenidamente el entrevistador no parecía malintencionado, era más bien de esos jóvenes que se interesan en mí como objeto de estudio o por mera curiosidad. Tan acostumbrado estoy a la evasión, como aquella mujer exuberante que justo ahora se toma la molestia de cruzar la calle para alejarse del olor que despiden las costras de suciedad que forman una segunda piel sobre mis brazos, mis piernas y mi cara. El olor de mis humores corporales separados del agua tibia y del jabón por meses, el olor de mi pelo de estambre enmarañado, ese mismo olor que ya no percibo en mí. Hace un calor endemoniado y no queda agua en mi botella, pero continúo el camino al crujir de mi panza. Tirado en el suelo recojo un arete de bisutería. Me gusta imaginar historias con los objetos que encuentro en la calle; me gusta pesar que la gente que me encuentra en la calle también imagina historias sobre mí. Por casualidad llego al costado del Teatro Chino donde, muchos como yo, hartos de su mundo y de su gente, si es que aún la tienen, están reunidos. Los ubico de vista, pero jamás les hablo. "Qué oportuno, la hora del baño". Se mojan en plena calle con la ropa puesta, con agua de dudosa procedencia y jabones de motel. Me repugna que hagan eso al lado de lo que fue un verdadero teatro. Soy invitado a la fiesta; me niego luego de dar las gracias. El sol ya no quema pero mi estómago sigue vacío. Encuentro en un bote una botella de refresco caliente a la mitad, lo bebo como si fuera lo último que fuera a tomar en la vida: el hambre no cesa. Por la falta de comida no estoy seguro ni en qué día vivo, quizás sea domingo, como ayer.
martes, 6 de marzo de 2012
Nereidas
Descubro entre la multitud el rojo de la flor que adorna tu cabello recogido. Sólo una mirada y ya no quiero más que contemplarla, como si la flor misma me hubiera hablado y ordenado seguir su olor hasta ti: hipnosis. No es la flor, es la blancura de tu pelo que la enmarca. Tus movimientos te ocultan por instantes entre los sombreros, los bigotes grises, los sacos parchados de los desconocidos y las zapatillas de tacón breve de sus acompañantes. Sigues ahí, basta abrirme paso entre los abanicos que agitan las damas al ritmo de la música de la orquesta. Visto desde arriba, tu baile dibuja un cuadrado perfecto sobre el piso de piedra de la explanada. No soy el único que te mira, otros te contemplan sin atreverse a acortar la distancia y ver de cerca la flor, el blanco, tu piel cortada que en algún tiempo fue de porcelana, el vuelo de tu vestido que ostentas con elegancia y cubre tu figura abultada. Por fin estoy frente a ti, tú tan coqueta. Una tarde de domingo como cualquier otra, lo dudo. Una tarde de domingo como la de aquél octubre de hace más de cuarenta años, cuando por primera vez me deslumbraste y no tuve el valor de darte la mano y pedirte una pieza. “¿Bailamos?”. Te tomo de la cintura y nos perdemos entre las demás parejas.
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