martes, 6 de marzo de 2012
Nereidas
Descubro entre la multitud el rojo de la flor que adorna tu cabello recogido. Sólo una mirada y ya no quiero más que contemplarla, como si la flor misma me hubiera hablado y ordenado seguir su olor hasta ti: hipnosis. No es la flor, es la blancura de tu pelo que la enmarca. Tus movimientos te ocultan por instantes entre los sombreros, los bigotes grises, los sacos parchados de los desconocidos y las zapatillas de tacón breve de sus acompañantes. Sigues ahí, basta abrirme paso entre los abanicos que agitan las damas al ritmo de la música de la orquesta. Visto desde arriba, tu baile dibuja un cuadrado perfecto sobre el piso de piedra de la explanada. No soy el único que te mira, otros te contemplan sin atreverse a acortar la distancia y ver de cerca la flor, el blanco, tu piel cortada que en algún tiempo fue de porcelana, el vuelo de tu vestido que ostentas con elegancia y cubre tu figura abultada. Por fin estoy frente a ti, tú tan coqueta. Una tarde de domingo como cualquier otra, lo dudo. Una tarde de domingo como la de aquél octubre de hace más de cuarenta años, cuando por primera vez me deslumbraste y no tuve el valor de darte la mano y pedirte una pieza. “¿Bailamos?”. Te tomo de la cintura y nos perdemos entre las demás parejas.
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