Recuerdo incluso la manera en que vestías aquél día. Desayunamos comida regional y una malteada en un localito. Olvidaste en el desayuno la postal que te traje de mi viaje. Fuimos a un pequeño museo donde contemplamos casi silenciosos la exposición fotográfica. Nos mirábamos en los reflejos de los cristales. Sonrisas contenidas. Caminamos por las calles poco transitadas. Tomamos café en un lugar donde parecían esperarnos. Mesa para dos; nadie más. Caminamos y caminamos y al final del día, cuando estaba por irme, rechazaste que te tomara de la mano.
En mi viaje compré unas cajitas decoradas que guardaban minúsculas figuras humanas de hilo. "Saque un muñequito de la cajita, póngalo debajo de su almohada y pida un deseo".
Y son esos recuerdos fugaces los que le dan su feliz magia al pasado.
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