viernes 16 de abril de 2010

A la deriva

Un suspiro de viento mueve sus cabellos, camina tranquilo con los ojos bien abiertos por vereda estrecha; plantas enredaderas creciendo como creadas espontáneas en vez de sintetizadas. Una luz blanca, otra azul en el entrecejo que se ahora se aleja, la mirada fija a pequeña emisión roja, se detiene y aletarga. Resplandor cegador y vaya sonrisa en su boca, golpeteos en el pecho que eleva al introducir mezcla de dímeros compleja. De nuevo la sonrisa.

Camina seguro hacia el frente, hasta ahora eso parece. Las nubes bajan, tocan su cuerpo y de inmediato se comprimen para poder entrar por la grieta. Conviene alejarse del suelo, un par de centímetros bastan para evitar ser escuchado y jugar, jugar a ser la luna que inspira a los poetas, jugar a ser el beso que sella una promesa, jugar a ser la caricia que calma el desconsuelo o jugar a convertir lo efímero en eterno.

Basta de juegos. A pesar de que un violín toque, aún restan interruptores por encender. Arriba, abajo las dos hélices fuertemente unidas, el verde esqueleto expuesto se enrosca y el error desapercibido ha pasado. Una masa se une al esqueleto y lo separa, gira creyendo que será asesinado. Impostores ordenados se infiltran y copian lo que encuentran a su paso, sin ver siquiera que el error incluso han considerado. Continúa, no debe detenerse con distracciones mundanas.

Llega al cuarto casi vacío que ni por el más mínimo sonido ha sido corrompido. Sabe que está a punto de encontrarse a sí mismo, pero vira los ojos y lo ve en todas partes con la mirada de miel, pícara, caleidoscópica y retadora. El violín toca y decide volver a jugar y explorar.

Un fuerte de rayo de luz molesta al par de párpados que se resisten a levantar. Contempla agotado al mar y su azul inmensidad; ya era hora de volver a remar…

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